Yo no tenía idea que mi mamá fuera tan católica. Siempre supe que creía en Dios. Por algo me bautizó. Nunca se metió en mi falta de credo religioso, como tampoco se metió en nada personal mío. Jamás me revisó un cuaderno ni se metió en ninguna de mis conversaciones. Es que no me gusta meterme en tus cosas, me dijo.
Si me controlaba era por otras cosas. Las notas. El peso. Las notas. Mi mala actitud. Las notas. Jamás terminó la universidad y, por lo mismo, tenía un miedo único a que un día me cansara de sus constantes quejas y le dijera, no, no voy a estudiar nada. Años después me iba a confesar que lo único que hacía era vivir su vida a través de la mía.
La escuché respirar y me alivié por un segundo. Éramos pocas personas en la iglesia porque nadie va a la misa de las 11 de la mañana. De pronto la sentí moverse. Se arrodilló y se puso a rezar. Yo no podía escuchar que murmuraba, qué le pedía a la divinidad. Y no podía entenderla a ella.
Ella, la que me parió. Ella, la que siempre estuvo en todas. Ella, la que sólo vino al mundo a criar hijos, decía. Ella, la mejor en su pega. Ella, llorando por un hijo enfermo. Ella, rogándole a quién sea que la estuviera escuchando que se lo devolviera por favor, devuélvemelo como puedas no me importa como quede solo devuélvemelo vivo.
Yo creo que a mi mamá nunca la encontré tan linda como en ese momento, con las manos apretadas y la cara llena de lágrimas. Mirando hacia la imagen de Jesús clavado en la cruz y de la Virgen María replegada a sus pies, sufriendo por el hijo muerto.