martes, 29 de marzo de 2016

you live in terror of not being misunderstood.

No sé cual es la proporción de gente que pasa por los divanes psiquiátricos en este país, pero un día cualquier de un año impar me tocó estar sentada frente a un hombre con un Ipad y un par de lentes que se le caían por el puente de la nariz. Una persona cuya descripción profesional es la diagnosticar problemas mentales.

 Él no se dio cuenta cuando deposité mi cuerpo en el material sintético del sillón y recién me prestó atención cuando carraspeé lento, incómoda. Crucé las piernas y empecé a hablar con un velocidad desmedida, tratando de no subir mucho la voz, manejando mi gesticulación. Le recordé que mi papá era su paciente, a lo que no respondió. La asociación de apellidos no llegó a su cabeza al parecer. Elegí cada palabra, cada anécdota, cada duración de los relatos. Me demoré menos tiempo del que tenía contemplado. Conté la cantidad necesaria de traumas. Respondí a cada pregunta con la precisión  de una persona que estudió una carrera humanista.

Cuando finalicé, hizo la tablet a un lado. "Tienes una depresión bioquímica, ¿sabes lo que es eso?". Le respondí que no, cuando la verdad era que si manejaba el concepto. "Bueno, algunos químicos en tu cerebro...". Dejé de escucharlo y puse un rictus en mi sonrisa. Había entrado convencida de conseguir esa misma respuesta, prediciendo el fetichismo de la profesión. Al final, todos estamos deprimidos por cualquier motivo. Todos estamos traumados por algo. Que nadie perdona, nadie olvida, nadie es diferente.

Me recetó un par de pastillas que nunca compré, una prescripción que terminé botando al tacho de la basura meses después. Escuchar de otra persona cual es tu problema es reconfortante y, a la vez, absolutamente devastador. Te dan el poder de decidir si quieres encasillarte en ser una persona enferma, como todos los demás, o simplemente vivir tu vida con lo que te tocó. Salí de la consulta privada más cara de mi vida y me dirigí hacia el ascensor. No podía parar de sonreír. Crucé la calle con la infinita convicción de que habrían más días difíciles, días oscuros, días en que levantarte iba a ser complejo, días en que se te iba a olvidar hasta como respirar. Y un día escrito como hoy. O mañana. O...