martes, 4 de octubre de 2011

Y la mitad de la calle estaba bajo mis uñas.

No se sabe en que momento al cerebro empezó a entrar esa cantidad de información del porte de un buque, y seguía, y no paraba. Primero eran las imagenes estáticas, luego se movían, después las lamiste (eran amargas, nada menos) y las olistes (a nada, peor que el agua) pero nunca pudiste tocarlas. En unos minutos más vino el sonido, agudo, certero, que venía con una luz incandecente detrás. Y ya no estabas sólo, todo, todo a tu alrededor se empezó a llenar de tortas; de pescados; de sangre; de pan; de tomates; de sudor; de ají; de lágrimas. Fue el ladrido del perro del vecino quien te sacó del ahueonamiento típico de un día cualquiera (influye cero en la narración de cualquier cosa, gracias) y abriste la ventana para cagarte de frío, porque sí. 'Ojalá me hubieras venido a buscar, acá tan lejos de la tierra y tan cerca del sol' pensaste cuando cerraste esa ventana, volviste a la cama y te echaste las tapas encima. Puede que se haya muerto la flor, pero las flores jamás de los jamases se han despertado de golpe, lo hacen incluso si yo no lo quiera. Lo peor de todo es que más viejo uno se va poniendo y más críptico nos volvemos. Corta.

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